sábado, 28 de diciembre de 2013

ANDREA GREPPI : LA DEMOCRACIA Y SU CONTRARIO






Reseña de


La democracia y su contrario. Representación, separación de poderes y opinión pública.

Andrea Greppi

Madrid: Trotta, 2012


 Escrito por Luis Roca Jusmet


Lo primero que quiero decir es que me parece que el libro que me ocupa es, sin reservas, un buen libro. Es un análisis muy riguroso, preciso y claro de los desafíos que tiene hoy planteada la democracia contemporánea. Es además, una apuesta clara por la democracia como el único sistema basado en la soberanía de los ciudadanos, como la única realización posible de la igualdad política. Las críticas a la democracia que tenemos, dice el autor del libro, no deben cuestionar la democracia desde alternativas no democráticas ni favorecer su contrario.

  El tema, ya lo sabemos, está muy vivo. Las últimas movilizaciones ciudadanas en el mundo de carácter emancipatorio se han hecho en nombre de la democracia. Algunas de ellas, también lo sabemos, se han dado en países cuyos gobiernos se presentan como democráticos. Hay, por tanto, una escisión entre esta demanda democrática y lo que funciona realmente en su nombre. El análisis de esta escisión pasa por una crítica de la democracia realmente existente. Esta crítica, cuando mantiene la exigencia democrática, puede plantearse en dos registros. Un registro sería el del cuestionamento radical. Este camino nos llevaría a decir que no estamos en una democracia sino en una oligarquía liberal ( que contiene, eso sí, algún elemento democrático).
Era la postura que mantenía, por ejemplo, Cornelius Castoriadis ( al que el autor solo cita puntualmente y como referencia de otro pensador). Para Castoriadis una sociedad democrática es autogestionaria. Es la que sostiene, por ejemplo, Jacques Rancière, que dirá que estamos en una sociedad policíaca ( con todos los matices que queramos). El problema es que Castoriadis señala un listón tan alto en su concepción de la democracia que choca con cualquier exigencia posibilista. El caso de Rancière es aún más extremo : cualquier forma de gobierno acaba siendo no democrática en cuanto que estructura un orden nuevo en el que aparecerán nuevos excluidos. Pero hay otros planteamientos republicanos socialistas, como el de Gerardo Pisarello por ejemplo, que me parecen más interesantes porque son más concretos, más realistas a pesar de su radicalidad. Pisarello desarrolla su planteamiento en un libro que va muy bien para contrastar con el de Greppi y que se llama Un largo Termidor. La ofensiva del constitucionalismo antidemocrático ( Trotta, 2011). Para Pisarello lo que él llama tradición republicana defiende una constitución democrática y social y lo que él llama la tradición liberal defiende un constitución oligárquica. Es, para él,de alguna manera, un reflejo de la lucha de clases.


El punto de vista de Greppi es diferente porque él no habla de estas dos tradiciones como antagónicas, sino que defiende la existencia de una democracia liberal. La crisis de lo que llama el constitucionalismo democrático ( que defiende como Pisarello) no se plantea en los términos de conflictos de clases sociales, sino como una lógica más compleja producido por muchos condicionantes. Greppi no utiliza nunca la palabra oligarquía para referirse a los gobiernos actuales. Cuando se refiere a los poderes que para Castoriadis, Rancière o Pisarello son los oligárquicos ( que serían el poder económicos de las multinacionales, por ejemplo, o de las élites de los partidos políticos) para Greppi es un poder difuso que cuestiona la separación de poderes. Sin necesidad de pronunciarse de una manera drástica la polémica que he citado, sí me parece que Greppi diluye excesivamente la intervención de estos poderes y el contexto que los produce, que es el Sistema-Mundo Capitalista. Hay que reconocer, de todas maneras, que Greppi, entra con un gran rigor en las cuestiones concretas de la democracia representativa. Para él no hay opción posible y descarta considerar, por ejemplo, formas de democracia más directa o posibles opciones históricas alternativas a la elección de representantes como el sorteo, que hoy plantean considerar en nuestros país filósofos como José Luis Moreno Pestaña. Centrado en la defensa inevitable de la representación el problema es, para Greppi, como transformar lo que hoy es una ficción en algo vivo. Por una parte se trata de eliminar la distancia entre representantes y representados. Esto es difícil porque, entre otras cosas, los ciudadanos son cada vez más heterogéneos y cada vez menos un grupo compacto ( en el sentido que sea : social, ideológico..). Pero sobre todo, se trata, para Greppi, de introducir la deliberación. Deliberación, dice, mediada por las instituciones democráticos. La verdad es que no me queda demasiado claro como se concretaría esta propuesta, lo cual no quiere decir que no sea, de entrada, una buena propuesta. De salida lo será si encontramos los medios para llevarla a la práctica.

Todo esto nos lleva a la cuestión de la opinión pública. La opinión pública debe existir y esto implica ciudadanos informados y formados políticamente. Greppi ya señala que los medios de comunicación de masas no están por la labor, pero quizás aquí haría falta entrar más a fondo y más radicalmente en el tema. Greppi señala certeramente la influencia progresiva y nefasta de lo que podríamos llamar el poder de la imagen : la publicidad, los nuevos comunicadores, la publicidad.

Andrea Greppi señala la deriva de nuestra democracia a partir de la confusión de poderes, el vaciado de la opinión pública crítica y como consecuencia de la ruptura entre representantes y representados. Señala también el efecto negativo del neoliberalismo, sobre todo por su cuestionamiento del constitucionalismo democrático, es decir de la necesidad de unas leyes o normas básicas claras sino más bien como un entramado complejo que se puede manejar de diferentes maneras. Este es un punto sobre el que valdría la pena profundizar y que evidentemente tiene que ver con la llamada sociedad líquida y sociedad del riesgo. Es un gobierno indirecto con muchas ramificaciones, como muy bien nos muestran los estudios de Nikolás Rose actualmente. Pero los sistemas de control, aunque no tengan una cabeza visible, a mí me parecen, al contrario que a Greppi, claros. Él mantiene que hay una especie de lógica de decisiones irresponsable en la que ni se preven ni se valoran sus consecuencias. Yo no lo tengo tan claro, más bien me parece que lo que hay es una lógica estructural del capitalismo en la que lo que se potencia es la acumulación sin límite del gran capital. El tema es, desde luego, complejo.

Otro debate interesante que aparece en el libro es el de la relación entre democracia y verdad, como actualización del debate entre Sócrates y Protágoras sobre si la política necesita una formación específica o es una capacidad universal innata en el ser humano. El debate, en definitiva, sobre si hay un saber en política o e simplemente un contraste de opiniones. Y las consecuencias de cada una de las dos posiciones. También la cuestión, relacionada con esta, de la educación política en una sociedad democrática.

Andrea Greppi, Profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, señala muy bien quién es el contrario de la democracia : la combinación de populismo y tecnocracia. Ciertamente es mucho más grande este peligro que el del resurgir de los totalitarismo, porque es resultado de la propia inercia del sistema. Greppi hace un buen repaso de las teorías democráticas más actuales, con una posición crítica interesante frente a pesos pesados como Habermas o Rawls. Lo que acaba apuntando es la necesidad de responder a esta red ambigua de poderes con un nuevo impulso del constitucionalismo democrático en la línea de filósofos políticos como David Held, que pretenden potenciar una salida cosmopolita y democrática frente a esta degradación actual de la democracia. Hay que definir unas reglas de juego claras y transparentes para todos y saber mantenerlas.

El libro, como he dicho al principio, vale la pena leerlo y trabajarlo, aunque quizás necesitaría una estructura algo más sintética en un desarrolló, que es, para mi gusto, demasiado academicista para el lector no especializado.

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